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De cómo el siríaco llegó a ocupar un lugar prominente entre
las lenguas bíblicas, por Frances Luttikhuizen,
Ph. D.
La historia del siríaco se remonta a los tiempos de los fenicios
y los arameos. En el siglo X a.C., los hebreos y los arameos adoptaron el
alfabeto y la escritura de los fenicios, quienes a su vez, habían modificado el
antiguo alfabeto semítico, dejándolo en 22 consonantes sin vocales.
Regularizaron el sentido horizontal de la escritura y la correspondencia de un
signo por letra representada, creando así lo que conocemos por el alfabeto
fonético. Los griegos, que lo adoptaron alrededor del siglo VIII a.C.,
introdujeron vocales. Medio siglo más tarde, la escritura hebrea adoptó las
formas cuadradas y el arameo las letras cursivas.
Las grandes conquistas de los asirios en el siglo VIII a.C., hablantes del
acadio y con un sistema de escritura cuneiforme, toparon con pueblos semíticos
en su avance hacia el Mediterráneo. El primer pueblo semítico que encontraron
fue el de Aram (hablantes del arameo). Los asirios cayeron bajo el hechizo de su
escritura, más simple que el cuneiforme y mucho más adaptable a la comunicación
en un imperio que se expandía rápidamente. La política de los asirios de
deportaciones masivas para evitar revueltas tuvo consecuencias lingüísticas ya
que el arameo se convertiría pronto en lingua franca por toda la Mesopotamia.
Fue durante la segunda gran deportación, y exilio, de los judíos, llevado a cabo
por Nabucodonosor (c. 600 a.C.) —la primera tuvo lugar unos 100 años antes—, que
el arameo desplazó al hebreo como lengua de uso entre los judíos, al punto que
el Talmud Babilónico (500 a.C.) está escrito en arameo pues en pocas
generaciones habían olvidado el hebreo.
Cuando Alejandro Magno (356-323 a.C.) llegó a la zona, reemplazó el arameo por
el griego koiné como lengua administrativa. Los habitantes de las ciudades
costaneras pronto lo adoptarían y dejarían de hablar el arameo. Paralelamente,
en los territorios persas, donde se iban formando pequeños principados
independientes, empezaban a surgir diferentes dialectos del arameo. Una de estas
variedades era el siríaco, hablado por los habitantes de Edesa, una ciudad del
reino semi-independiente de Osroe, al este del río Eufrates. Como reacción a la
imposición del koiné, y como signo de identidad, el siríaco se convirtió en una
lengua escrita y en 132 d.C. fue adoptado como lengua oficial y con la llegada
del cristianismo, el siríaco era ya una lengua consolidada.
Se desconoce la fecha exacta de la introducción del cristianismo en Edesa, sin
embargo, tenemos un documento siríaco escrito alrededor del año 400, la Doctrina
Addoei ("Las Enseñanzas de Addai"), donde se narra la llegada del cristianismo a
Edesa y de donde podemos extrapolar una imagen bastante fiable del escenarios
lingüístico de la comunidad. Entre los conversos habían “aquellos que antes
adoraban piedra y madera [paganos] y judíos, conocedores de la Ley y los
Profetas, que eran comerciantes de sedas, que se juntaban cada día para escuchar
las lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento, de la Ley y los Profetas, de los
Hechos de los Apóstoles y del Diatessaron.” El Diatessaron (o “armonía”) era una
fusión de los cuatro evangelios en una sola narración, compuesto en siríaco por
Taciano hacia el año 172, utilizado hasta bien entrado el siglo V, cuando fue
sustituido por los cuatro evangelios separados.
Es muy posible que en un principio sus cultos fueran bilingües, o trilingües: la
lectura de los Epístolas en griego, el Diatessaron en siríaco y la Ley y los
Profetas (o Targum) en arameo. La peregrina Eteria, en su diario de viajes
escrito alrededor del año 380, Peregrinatio Aetheriae (Itinerarium Egeriae), nos
describe una situación similar en una iglesia de Jerusalén: “En [Palestina],
algunas personas conocen el griego y el siríaco, mientras otras solo conocen el
uno o el otro. El obispo, que sabe siríaco pero que no lo utiliza nunca y
siempre habla en griego, tiene un presbítero a su lado que traduce del griego al
siríaco para que todos entiendan sus enseñanzas. Del mismo modo, dado que todas
las lecturas que se hacen en la iglesia tienen que ser en griego, [el
intérprete] las traduce al siríaco para que la gente entienda. Además, para que
los latinos presentes, que no entienden ni siríaco ni griego, no queden
defraudados, pues siempre hay algún hermano o hermana que sabe griego y latín y
les traduce todo al latín." (“Egeria. Description of the Liturgical Year in
Jerusalem”, Christian Worship, London, 1923.)
La historia del siríaco es, de hecho, la historia de Edesa y de su aceptación
del cristianismo. Pronto esta lengua local alcanzaría una difusión inesperada
debido a que Edesa se convirtió en foco y crisol del cristianismo en el mundo
semítico. Las relaciones con Antioquía y el contacto con los autores griegos
creó una atmósfera de estudio y erudición entre los cristianos de la ciudad. El
monumento literario más importante fue la traducción de la Biblia al siríaco.
Existían dos versiones del Antiguo Testamento en siríaco: la Peshitta, traducida
del hebreo alrededor del año 200 en tiempos del rey Abgar IX (179-214); y una
revisión, hecha por el obispo Pablo de Tella en el monasterio de Ennaton, al
oeste de Alejandría, alrededor del año 615. Dicha revisión fue hecha sobre el
texto griego de la Septuaginta y de la Hexapla de Orígenes.
Aunque en un principio la comunidad siríaca utilizaba el Diatessaron de Taciano,
luego lo sustituyeron por los cuatro evangelios separados. Se asocia el nombre
de Rábbula, obispo de Edesa (412-435), con dicha traducción. En 508, Policarpo
revisó la traducción de Rábbula y un siglo más tarde fue revisada de nuevo por
Tomás de Heraclea en el monasterio de Ennaton. La revisión de la Biblia siríaca
de Pablo de Tella y Tomás de Heraclea, y que se conoce por el Codex Syriaco-Hexaplaris,
fijó finalmente el texto.
En 224, Edesa pasó a formar parte del Imperio Romano y el cristianismo quedó
proscrito hasta 324, cuando, bajo Constantino, fue declarado religión oficial
del Imperio. La ciudad de Nisibis, fronteriza con Persia, continuó bajo dominio
persa. Inicialmente, las autoridades persas toleraron a los cristianos, tanto
más cuanto éstos eran perseguidos en el Imperio Romano, pero esta buena
disposición cesó en 324 cuando el Imperio Romano adoptó el cristianismo. A
partir de 363, se desencadenó una terrible persecución y muchos cristianos de
Nisibis, entre ellos el himnólogo y poeta Efrén, se vieron obligados a buscar
refugio en territorio romano. Efrén el Sirio (306-373), nativo de Nisibis, fue
uno de los pocos escritores siríacos de la época conocido en occidente. Con la
toma de Nisibis por parte de los persas, Efrén se retiró a Edesa, donde pasaría
los últimos diez años de su vida. Destacan sus comentarios bíblicos y sus
poemas: los “Memré”, para la lectura y la recitación, y los “Madrasché”, para el
canto. Estos últimos tienen un carácter netamente didáctico: son como cánticos
doctrinales para enseñar las verdades de la fe y refutar las herejías. Efrén
ocupa un lugar privilegiado entre los Padres de la Iglesia. Muchos de sus himnos
forman parte de diversas liturgias orientales desde el siglo V. A esto se debe
el que se haya conservado gran parte de su obra, tanto en versión siríaca como
en traducciones al griego y al latín.
Para salvaguardar los valiosos pergaminos y manuscritos de la escuela de
copistas que el obispo Jacob de Nisibis había abierto in Nisibis a su vuelta del
Concilio de Nicea en 325, éstos fueron trasladados a Edesa. Junto a la escuela
de copistas, Efrén hizo construir un hospital y una escuela de medicina a
imitación de la de Basilio en Capadocia en donde los profesores, formados en la
escuela de Alejandría, practicaban una medicina experimental muy diferente de la
medicina folklórica de su entorno. La escuela de Edesa, conocida como la
“Escuela de los Persas” por la gran afluencia de cristianos persas, alcanzó su
mayor desarrollo bajo el mando del Ibas, o Hiba, (380-457). La escuela fue
temporalmente cerrada por sus tendencias nestorianas y, finalmente, clausurada
en 489, bajo orden del Emperador Zenón.
Mientras tanto, a pesar de las duras persecuciones, la Iglesia persa pudo
sobrevivir, pero en 410, para evitar más masacres (motivadas por las acusaciones
de que eran espías a favor de Roma), decidió cortar relaciones con sus hermanos
en territorio romano, proclamando su independencia y creando su propia
organización eclesiástica: la Iglesia del Oriente. Cuando los nestorianos,
expulsados de territorios bizantinos medio siglo más tarde, buscaron un lugar de
refugio, fueron acogidos por la Iglesia del Oriente y a partir de entonces a los
cristianos de la Iglesia del Oriente se les llegó a conocer como “nestorianos”.
De hecho, los cristianos expulsados de territorio romano —los seguidores de
Nestorio— fueron bien acogidos por las autoridades persas, pues les consideraron
refugiados políticos.
Algunos de los profesores expulsados de Edesa en 489 emigraron a Jundi-Shapur
(sur de Irán), donde existía una escuela de medicina a imitación de la Academia
de Alejandría y donde jugarían un papel fundamental en la transmisión de la
ciencia griega a occidente. Durante el reinado de Khusro I Anoshirvan (531-579),
la academia de Jundi-Shapur conoció su mayor esplendor.
Después del Concilio de Calcedonia (451), el mundo cristiano había quedado
dividido en cuatro grandes bloques: Roma (latino parlante), Alejandría
(griego-copto parlante), Constantinopla (griego parlante) y Antioquía
(griego-arameo-siríaco parlante). Gradualmente el griego cayó en desuso en las
comunidades más orientales y la literatura siríaca conocería su máximo apogeo.
Los acontecimiento políticos del siglo VII, sin embargo, suscitaron una nueva
situación. Con la llegada del Islam, la lingua franca de la zona cambió de
nuevo, así como el enfoque de la literatura. El género literario preferido de
los escritores siríacos de esta época fue el tratado en forma de diálogo, un
estilo catequético de preguntas y respuestas entre un musulmán y un cristiano.
Con la llegada del siglo IX, casi todos estos diálogos aparecían en árabe.
Asimismo, como resultado de las huidas, las deportaciones y las conversiones
forzosas (y voluntarias) al Islam, la comunidad cristiana del Oriente Medio
quedó diezmada. No obstante, al verse culturalmente inferiores, los musulmanes
fueron más tolerantes con los cristianos de Jundi-Shapur. Cuando el Califa al-Mansur
trasladó su capital de Damasco a Bagdad, a mediados del siglo VIII, e hizo
construir una escuela a imitación de la de Jundi-Shapur, llevó consigo a
traductores cristianos que llegarían a jugar un papel importante en la
transmisión de la ciencia griega al árabe, mediante el siríaco. Pero después del
siglo XIII, el testimonio cristiano en el Oriente Medio quedó relegado
básicamente a los monasterios y a las comunidades ricas de Mosul, Tikrit, Mardin,
Basora y Nisibis, capaces de pagar los altos tributos exigidos por los
musulmanes.
Tras la caída de Constantinopla en 1453, la llegada de eruditos bizantinos,
huidos a Italia con sus textos antiguos griegos, despertaron un especial interés
por la cultura clásica. Luego, a raíz del quinto Concilio de Letrán (1512-1517),
la presencia de una delegación de obispos de rito oriental despertó interés por
la lengua y literatura siríaca. Cuando estos obispos solicitaron permiso para
celebrar la Eucaristía en su lengua y según su rito, los cardenales, al no
entender las palabras de su liturgia, buscaron un intérprete para averiguar la
ortodoxia de su doctrina. Llamaron a Teseo Ambrogio, profesor de lenguas
orientales en la Universidad de Bolonia, que había estudiado bajo Joseph ben
Samuel Zarfati (o Giuseppo Gallo), un médico judío-italiano experto en hebreo,
arameo y árabe. Ambrogio tampoco entendía el texto, pero con sus conocimientos
de árabe y la ayuda de unos amigos sirios lo aprendió, al punto que veinte años
más tarde publicó una gramática (Introductio in Chaldaicam linguam, Syriacam,
atque Armenicam, & decem alias linguas. Pavia: J. M. Simoneta, 1539) que fue el
inicio de los estudios siríacos en Europa.
En 1529, Ambrogio había regalado a Johann Albrecht Widmanstadt, un joven
estudiante alemán de derecho, un manuscrito siríaco de los cuatro Evangelios
junto con un pequeño manual sobre la lengua. Widmanstadt se aplicó al estudio
del siríaco, y cuando Moses de Mardin llegó a Europa, en 1552, enviado por el
Patriarca de Antioquía con el encargo de buscar un impresor para imprimir la
Peshitta, que hasta entonces sólo existía en forma manuscrita, le dirigieron a
Widmanstadt. Al no hallar ningún impresor ni en Roma ni en Venecia capaz de
acometer dicha empresa, se fueron a Viena donde, con la ayuda del orientalista
francés Guillaume Postel y la financiación de Fernando I, rey de Hungría y
Bohemia, publicaron la primera edición impresa en letra de molde de la Peshitta:
Liber Sacrosancti Evangelii de Iesu Christo Domino et Deo nostro (Vienna: M.
Zimmermann, 1555). El tiraje fue de 1000 ejemplares, 500 para el Medio Oriente y
500 para Europa.
Eran estos años de gran efervescencia teológica y filológica. Con la publicación
del Nuevo Testamento en griego en 1516, Erasmo había despertado un retorno a los
textos originales bíblicos. Erasmo revisó el texto en sucesivas ediciones: 1519,
1527 y 1535. Las dos primeras ediciones (1546 y 1549) de Stephanus (Robert
Estienne) de Paris, siguieron el texto de Erasmo de 1527. Para la tercera
edición (1550), conocida como la del «Textus Receptus», Stephanus tuvo en cuenta
las variantes de la Complutense y las añadió al margen, lo que la distinguió
como el primer texto griego con un aparato crítico. En esta tercera edición los
versículos del Nuevo Testamento aparecen numerados al margen; en la cuarta
edición (Ginebra, 1551), aparecen en el texto.
Para algunos eruditos, la publicación de la Peshitta —un texto tan antiguo—
cuestionaba el uso exclusivo de la Vulgata y comenzaron a contrastar la versión
“oficial” latina con otras en lenguas más antiguas. Años antes, Lorenzo Valla
(1407-1457) ya había aplicado sus conocimientos de griego al texto del Nuevo
Testamento y, a la luz de nuevos originales, había corregido algunos pasajes de
la Vulgata.
La publicación de la Biblia en versiones antiguas era de interés tanto para los
teólogos como para los filólogos. Agostino Giustiniani había publicado una
edición políglota de los Salmos en hebreo, griego, latín, árabe y arameo
(Génova, 1516), pero la publicación de la Biblia Políglota Complutense (Alcalá
de Henares, 1522) significó un paso decisivo en los esfuerzos filológicos de los
textos bíblicos. La Complutense, que presenta el texto en cuatro idiomas
—hebreo, griego, latín y arameo—, incluía un diccionario hebreo-latino, un
léxico del Nuevo Testamento y un diccionario etimológico de nombres propios.
Entre la publicación de la Políglota de Alcalá y la de Amberes (o Biblia Regia),
unos cincuenta años más tarde, los estudios filológicos habían avanzado, y
también los estudios de crítica textual. Una gran aportación fue la impresión de
la Peshitta en 1555. Las copias que Moses de Merdin había enviado a su antiguo
alumno, el orientalista Andreas Masius (Maes), circularon rápidamente entre los
eruditos de Amberes y pronto llegaron a manos de Christopher Plantin, quien
solicitó licencia, y financiación, de Felipe II para la impresión de una nueva
Biblia políglota. El permiso fue concedido con la condición de que había de
hacerse bajo la dirección del teólogo español Benito Arias Montano. Montano se
rodeó de un equipo de eruditos europeos de primera línea: el hebraísta
Franciscus Raphelengius, los hermanos Guy y Nicolas Le Fèvre de la Boderie, los
correctores Cornelis Kiliaan y Bernard Sellius y el orientalista Andreas Masius.
Para el Antiguo Testamento, utilizaron el texto bilingüe de Santes Pagnino
(Lyón, 1528); el texto griego de la Septuaginta, con su traducción latina; y el
Targum con su traducción latina. Para el Nuevo Testamento, utilizaron la Vulgata
y el Codex Syriaco-Hexaplaris, con su traducción al latín. Los tres últimos
tomos, el Apparatus criticus, contenían notas, comentarios, glosarios, una
gramática siríaca de Andreas Masius publicada en 1570 y una serie de ensayos
sobre temas bíblicos, escritos por Montano: la geografía bíblica, las medidas
hebreas, la disposición del templo, las vestiduras de los sacerdotes y la
interpretación de la lengua hebrea. El haber dedicado tanto espacio a estos
temas hizo que Montano cayese bajo sospecha de la Inquisición, que en todo esto
veía un atentado contra la Vulgata y un rabinismo excesivo.
La composición e impresión de la Biblia Regia (1568-1572) ocupó cuatro prensas y
cuarenta obreros durante más de tres años. Para el proyecto, Plantin compró
tipografía hebrea de Cornelis van Bomberghen de Cologne y Guillaume Le Bé de
Paris, y encargó el griego y el siríaco al tipógrafo Robert Granjon. Se hizo un
tiraje de 1200 ejemplares en papel de varias clases y 13 en pergamino para el
rey.
Tres años antes de la publicación de la Biblia Regia, había aparecido en Basilea
la traducción completa de la Biblia al castellano por Casiodoro de Reina, la
Biblia del Oso (Basilea: Guarinus, 1569). En este cometido, Reina utilizó los
textos que por aquel entonces tenía a su alcance, es decir, la Vulgata, la
Biblia hebraico-latina de Pagnino, la Septuaginta y el Nuevo Testamento griego
de Stephanus —seguramente, la edición de Ginebra de 1551. Una novedad, en cuanto
a fuentes de consulta, fue la recién publicada Biblia de Ferrara (1553), una
versión ladinada, es decir, castellana con sintaxis hebrea, impresa en Ferrara
para los sefardíes exiliados. En la “Amonestación al lector” Reina afirma que se
sirvió de la Biblia judía “para la natural y primera significación de los
vocablos hebreos, y las diferencias de los tiempos de los verbos”. Reina lamenta
no haber podido cotejar la versión siríaca: “No nos hubiera ayudado poco en lo
que toca al Nuevo Testamento, si hubiera salido antes la versión Siríaca del que
con grande bien y riqueza de la República Cristiana ha salido a luz este mismo
año, mas ha sido a tiempo que ya la nuestra estaba impresa y así no nos hemos
podido ayudar de ella, que no hay que dudar sino que (no obstante que no sea
suya la suprema autoridad sobre las ediciones griegas) todavía daría grande luz
en muchos lugares difíciles, como habemos visto que lo hace en los que la
habemos consultado.”
De hecho, no se refiere Reina a la primera edición, la de Moses de Mardin y
Johann Widmanstadt impresa en Viena en 1555, sino a la segunda, la del hebraísta
italiano Manuel Tremelio publicada en Heidelberg en 1568, y reimpresa en
Amberes, 1571, 1573, 1575; París, 1584; Nuremberg, 1599, 1600; Köthen, 1621,
1622; París, 1645; London, 1653; Gutbir, 1664; Sulzbach, 1684; Leiden, 1709;
etc., y que utilizarían los biblistas protestantes.
Aunque era tarde para efectuar cambios, no obstante, existen indicios sugerentes
de que Reina había estado en contacto con Tremelio. Un estudio comparativo entre
la Peshitta (traducción al inglés), la Biblia del Oso de Casiodoro de Reina de
1569 (CR), la de Cipriano de Valera revisada de 1960 (CV), y la King James (KJ)
de 1611 muestran unas variantes curiosas:
2 Samuel 15:7. "four years" [Peshitta]; “quarenta años” (CR); “cuatro años”
(CV); "forty years" (KJ).
1 Reyes 5:11. "twenty thousand measures of pure oil" [Peshitta]; “veynte mil
coros de azeyte limpio” (CR); “veinte coros de aceite puro” (CV); "twenty
measures of pure oil" (KJ).
2 Chronicles 36:9. "Jehoiachin was eighteen years old" [Peshitta]; “de ocho años
era Joachin” (CR); “de ocho años era Joaquín” (CV); "Jehoiachin was eight years
old" (KJ).
Las variantes numéricas pueden tener una explicación historicista que a su vez
puede ayudar a datar mejor el manuscrito siríaco. Fueron los traductores
nestorianos los primeros en dar a conocer los números y el sistema decimal hindu-arabe
que habían traído los matemáticos hindúes a la escuela de Jundi-Shapur alrededor
del año 600, y que luego formaría parte de la ciencia árabe, que llegaría a
Europa unos 600 años más tarde gracias al diplomático italiano Leonardo Pisano (Fibonacci).
Es muy posible que los copistas de la Peshitta, o incluso el mismo Pablo de
Tella, introdujeran los nuevos números en sus textos, ya que ocupaban menos
espacio y que, al no conocer del todo bien su uso, copistas posteriores
fácilmente podían haber añadido o quitado algún que otro 0 o 1. Sólo un cotejo
minucioso de los manuscritos siríacos existentes podría confirmar esta
hipótesis.
Lo que sería de más fácil averiguación sería la posible relación entre Casiodoro
de Reina y Manuel Tremelio, el introductor de la Peshitta en los círculos
protestantes. Las aportaciones principales de Tremelio incluyen una gramática
hebrea elemental (Wittenberg, 1541), una traducción al hebreo del catecismo de
Calvino (París, 1551; Ginebra, 1554), una edición de la Peshitta (Heidelberg,
1569), una gramática del arameo y del siríaco (Heidelberg, 1569; Ginebra, 1569)
y la Biblia Latina (Frankfurt, 1579; Londres: Middleton, 1580, 1581, 1585, 1593,
etc.). Sin duda, Reina comunicaría su proyecto de traducir la Biblia al
castellano al círculo de sus allegados, y muy especialmente a su amigo Johann
Sturm de Estrasburgo. Es también de suponer que Manuel Tremelio, que siempre
había mantenido correspondencia con Sturm, le hubiera informado de la
publicación de la Biblia de Ferrara y la posibilidad de adquirir copias en
Amberes.
Tremelio, un judío converso nacido en Ferrara, tuvo sus primeros contactos con
ideas protestantes durante sus años de estudiante en Padua entre 1530 y 1540, o
incluso tal vez antes, en Ferrara, pues hasta 1560, con el forzado exilio de la
princesa Renée de Valois, protectora de “herejes”, Ferrara había sido un centro
de cogida para los libre-pensadores huidos de Italia y de Francia. Incluso Juan
Calvino estuvo en Ferrara antes de ir a Ginebra. En 1541 encontramos a Tremelio
en Lucca ejerciendo de profesor de hebreo en el convento de San Frediano, donde
Pietro Martire Vermigli, asiduo de las tertulias del erasmista español Juan de
Valdés en Nápoles, era prior. Vermigli aprovechó la situación para invitar a
eruditos simpatizantes con la causa protestante a formar parte del claustro de
profesores de San Frediano. Con la instauración de la Inquisición en Italia en
1542 Tremelio tuvo que huir, junto con Vermigli y sus colegas. Primeramente se
estableció en Estrasburgo, donde enseñó hebreo en la escuela de Johann Sturm
hasta 1547, y después en la Universidad de Cambridge. Con la llegada al trono de
María Estuardo volvió al Continente, donde se dedicó a la docencia,
principalmente en Heidelberg.
Es de suponer que Tremelio mantendría contacto con otros judíos conversos
dispersos por el continente, y sobre todo en Amberes. Reina llegó a esta ciudad
en 1564. En esta época Tremelio estaba de profesor en Heidelberg, pero nada le
impediría trasladarse a Amberes para conocer personalmente a Reina y presentarle
al banquero calvinista Marco Pérez, un judío converso oriundo de Portugal. Luego
Reina contó con el apoyo y protección de Pérez, quien afrontó los costes de
impresión de la Biblia del Oso en Basilea en 1568.
¿Sería durante unos de estos supuestos encuentros que Tremelio tendría noticias
de la edición impresa de la Peshitta que circulaba por Amberes? Como celoso
defensor de la causa calvinista, al igual que Pérez, y consciente del gran
significado de esta nueva fuente antigua para la crítica textual, Tremelio se
dedicaría de lleno al aprendizaje del siríaco, o perfeccionamiento, ya que
podría haber adquirido sus primeros conocimientos de la lengua en Italia,
mediante el texto de Teseo Ambrogio, Introductio in Chaldaicam linguam, Syriacam,
atque Armenicam, & decem alias linguas (Pavia, 1539), para darlo a conocer en
los círculos protestantes. En 1569, Tremelio publicó su edición del Nuevo
Testamento siríaco, con la traducción latina. Para ello, Tremelio cotejó un
ejemplar de la edición de Viena de 1555 con una copia manuscrita que se hallaba
en la biblioteca del Elector Palatino en Heidelberg traída por Guillaume Postel
unos años antes. Diez años más tarde, con su yerno Francisco Junius, publicó la
Biblia Latina (Frankfurt, 1579), profusamente anotada. El año siguiente, Henry
Middleton publicó una reedición de la Biblia Latina de Tremelio en Londres al
que añadió, en columnas paralelas, el Nuevo Testamento en latín de Teodore Beza.
La Biblia Latina “Tremellius-Junius-Beza”, considerada la más erudita del siglo
XVI, fue la respuesta protestante a las Biblias latinas católicas, la Vulgata y
la de Pagnino.
Los siglos XVI y XVII vieron la edición de grandes Biblias políglotas: la
Complutense (1522); la de Amberes (1573); la de Hamburgo (1596) que da el texto
en hebreo, griego, tres versiones latinas y varias lenguas modernas; la de
Nuremberg (1599), básicamente una reproducción de la de Amberes, con la
diferencia de que el texto siríaco fue sustituido por una versión árabe, incluye
traducciones del NT en esloveno, italiano, francés, inglés, alemán, danés,
polaco, y la traducción española de Casiodoro de Reina; la de París (1645) en
hebreo, griego, latín, arameo, siríaco y árabe; la de Londres (1657) en hebreo,
griego, latín, siríaco, arameo, árabe y algunas secciones en etíope y persa; y
otras más de menos ambicioso alcance.
El hallazgo de nuevos textos antiguos despertó un renovado interés por los
estudios siríacos. Buen ejemplo de ello lo tenemos en dos importantes
colecciones conocidas hoy como la "Curetoniana" y la "Sinaítica". La colección "Curetoniana",
la más extensa, consta de cientos de manuscritos procedentes del monasterio de
Santa María Deípara, del valle de Scete, en el Desierto de Nitria, al sur de
Alejandría. La mayoría de los manuscritos que forman la “Curetoniana” procedían
originalmente de Mesopotamia, traídos por Moses de Tikrit (o Nisibis), prior de
Santa María Deípara, alrededor del año 925, quien aprovechando uno de sus viajes
a Bagdad para entrevistarse con el Califa al-Muqtadir Billah, adquirió unos 250
manuscritos siríacos para la biblioteca del convento. Además de los libros
adquiridos en sus viajes, Moses hizo hacer copias de muchos otros que ya estaban
en el convento. Otros manuscritos fueron añadidos después de su muerte. A partir
de 1292, sin embargo, ya no se registra más actividad copista en el convento.
Después de la destrucción de Bagdad por parte de los mongoles (1258) y la
llegada al poder de los mamelucos en Egipto (1290), los monjes perderían sus
privilegios. Los mamelucos, sospechosos de cualquier relación entre cristianos
indígenas y cristianos extranjeros, consideraron un acto de traición cualquier
intento para establecer lazos con el mundo occidental. Al verse aislados tanto
espiritual como económicamente, pues con la expulsión de los cruzados (1291)
también perderían sus fuentes de ingresos, a los monjes no les quedaría más
opción que la de abandonar sus actividades.
Con el Concilio de Ferrara-Florencia (1445), el Vaticano buscó recuperar el
contacto con las iglesias orientales perdido desde la expulsión de los cruzados,
pero esto no sería posible hasta finales del siglo XVI cuando se abrió una casa
de acogida en Roma para seminaristas orientales conocido como el Collegio
Maronita. En gran medida, fueron los alumnos de esta institución que difundieron
por Europa los conocimientos de la lengua siríaca y la historia y los tesoros de
la Iglesia Oriental. A su vez, también reiniciaron la actividad intelectual en
sus propios comunidades, y que llegaría a su plenitud un siglo más tarde con el
patriarca Stephen al-Douaihi (1630-1704). Douaihi, que había coleccionado gran
cantidad de manuscritos para confeccionar una historia de los maronitas —una
rama de la Iglesia de Antioquía refugiada en el Líbano—, envió a Gabriel Eva a
Roma para imprimir la obra. La descripción de Douaihi de la biblioteca del
convento de Santa María Deípara despertó un gran interés en el Vaticano y, en
1707, el papa Clemente XI despachó a Elias Assemani al valle de Nitria con la
intención de comprar toda la biblioteca del convento. Fue admitido a la
biblioteca —una especie de cueva llena de manuscritos amontonados— pero los
monjes, aun siendo incapaces de leerlos, pues sólo conocían el árabe, se negaron
y Elias regresó con solo una treintena de manuscritos. Otros intentos tuvieron
el mismo resultado.
No fue hasta el siglo XIX que se volvió de nuevo a tener noticias de los tesoros
bibliográficos del monasterio de Santa María Deípara. En 1828, cuando Lord
Prudhoe, Duque de Northumberland, viajó a Egipto con el propósito de buscar
material para el diccionario copto-árabe que estaba confeccionando el
lexicógrafo Henry Tattam, el obispo copto de El Cairo le informó de la
existencia de un antiguo léxico, o Selim, en uno de los conventos en el valle de
Nitria. Lord Prudhoe consiguió la obra y se la presentó a Tattam, quien, diez
años más tarde, acompañado por su hijastra Miss Platt, hizo el mismo viaje y
volvió con un gran número de manuscritos. En 1843 Tattam repitió el viaje y
volvió con más manuscritos. Los que le interesaban a Tattam eran los escritos
coptos, de modo que el resto los regaló al Museo Británico. El orientalista y
conservador de manuscritos del Museo Británico, William Cureton (1808-1864),
revisó los manuscritos siríacos (de allí el nombre “Curetoniana”) y dio a
conocer su gran valor, tanto teológico como filológico. Entre los manuscritos,
Cureton encontró uno fechado hacia finales del siglo V y que era un fragmento
antiguo de los Evangelios, pero que mostraba diferencias notable con respeto a
la versión Peshitta. Luego, en 1872, el erudito alemán, Eduardo Sachau, hallaría
tres hojas más en una librería de El Cairo del mismo manuscrito.
El siglo XIX se caracterizó por grandes investigaciones filológicas, iniciadas
en Alemania con los trabajos de Wilhelm Von Humboldt y en Inglaterra con Sir
William Jones, con sus estudios de lingüística comparada. Estos estudios dieron
un nuevo impulso a la búsqueda de textos antiguos, tanto seculares como
sagrados.
En 1878, un grupo de monjes armenios del monasterio mekitarista (benedictino) en
la isla de San Lázaro, Venecia, publicó una traducción latina de los dos
primeros capítulos de la Apología de Arístides (c 125 d.C.), una obra perdida.
La crítica dudaba de la veracidad de dicha publicación hasta que, en 1889, el
biblista J. Rendel Harris descubrió una versión siríaca del texto completo en la
biblioteca del convento de Santa Catalina, en el Monte Sinaí. El hallazgo de la
versión siríaca llevó al reconocimiento de gran parte del texto original griego
inserto en un romance cristiano titulado “La vida de Barlaam y Josaphat” escrito
por Juan de Damasco alrededor del año 750 y traducido al árabe, al etíope, al
armenio, al hebreo y a una veintena de lenguas occidentales, incluido el
islandés.
En 1892 dos filólogas escocesas, Agnes Smith Lewis y su hermana Margaret Dunlop
Gibson, que habían estudiado bajo el profesor Rendel Harris, animadas por el
hallazgo de la Apologia de Arístides, emprendieron viaje a Egipto en busca de
más textos. Entre los manuscritos encontraron un palimpsesto (un manuscrito
reutilizado) siríaco del año 778, de unas 350 páginas en el que se relataba la
vida de varias santas. El texto original del palimpsesto no se había borrado del
todo y la Sra. Lewis pudo detectar la ortografía siríaca de un texto mucho más
antiguo y que resultó ser el de unos pasajes de los Evangelios. Fotografiaron
cuidadosamente toda la obra y volvieron a Inglaterra, donde mostraron las
fotografías a Francis Crawford Burkitt, quien a su vez las enseñó al profesor R.
L. Bensly, que acababa de preparar una nueva versión de los cuatro evangelios en
siríaco antiguo sobre la base de los textos descubiertos por William Cureton en
1858. De inmediato Bensly reconoció el texto del palimpsesto como de la misma
familia de la “Curetoniana”, pero aún más antiguo y más completo. Bensly,
Burkitt, Harris y las dos hermanas volvieron a Santa Catalina y palabra por
palabra transcribieron todo el manuscrito. El texto completo fue publicado en
Londres en 1894.
El siríaco, este dialecto local de la alta Mesopotamia que llegó a alcanzar un
lugar prominente entre las lenguas eclesiásticas, continúa siendo objeto de
estudio. Además de servir de referencia para la reconstrucción del texto
original bíblico, la literatura siríaca antigua posee un valor propio en tanto
que representa un cristianismo genuinamente semítico ya que dos autores siríacos
antiguos, Afrahat y Efrém, apenas muestran influencias griegas. Fue a partir del
siglo V que la Iglesia Oriental experimentó un rápido proceso de helenización
que afectó profundamente a los escritores siríacos. La literatura siríaca
antigua ha sido poco estudiada hasta ahora. La creación de un género literario
propio de tratados teológicos en forma de diálogo, como hemos visto, podría
constituir un tema de interés de investigación para los filólogos.
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