Una respuesta al libro de Norman Lewis
por Wenceslao Calvo
Misioneros - Dios contra los
indios, Norman Lewis, Herder, Barcelona, 1998, 245 páginas.
Este libro contiene uno de los ataques más virulentos de los últimos años
contra las misiones y los misioneros mismos. La editorial Herder ha
editado la traducción en español del libro The Missionaries, de Norman
Lewis. Si en el título de la obra original inglesa todavía no se alcanza a
discernir por dónde van los tiros, Herder ha querido que no quedara
ninguna ambigüedad en cuanto al sentido del libro; de ahí que se haya
añadido el subtítulo, Dios contra los indios, que de forma inequívoca pone
las cosas en su sitio. Se comprenden las intenciones de la editorial: con
un título tan aséptico como Misioneros pocas expectativas de ventas habría
en el mundo de habla hispana; pero añadiéndole el referido subtítulo ya se
despierta el morbo. De hecho, este libro es uno de los recomendados por
Círculo de Lectores (empresa dedicada a la difusión de la lectura en
España) en su catálogo.
Una acusación contra las misiones protestantes
La artillería pesada de Lewis se dirige principalmente hacia las "sectas
evangélicas fundamentalistas". Con estos calificativos y otros parecidos:
"organizaciones semirreligiosas", "norteamericanos fundamentalistas", etc.
ya tenemos un cóctel bastante fácil de digerir: la descalificación a
priori de los intentos protestantes de propagar el mensaje de Cristo a las
tribus y pueblos donde todavía no ha llegado. Después de todo ¿qué se
puede esperar de sectarios retrógrados y, además, americanos?. Por mucho
tiempo la Iglesia Católica tuvo que cargar con la acusación de ser
partícipe en los excesos cometidos en la conquista de América; pero el
libro de Lewis está escrito para hacernos ver que lo que ocurrió en el
pasado con dicha Iglesia, ocurre hoy con las iglesias evangélicas, pues
también, según él, los protestantes han cometido y cometen parecidos
desmanes en muchas partes del mundo.
¿Culturas incontaminadas?
Durante los siglos XVII y XVIII tomó fuerza en la cultura occidental la
idea de la bondad natural del ser humano, bondad innata que la sociedad se
encarga de corromper. Esta idea, promovida especialmente por los
enciclopedistas franceses y los deístas ingleses, era radicalmente
contraria a lo que siempre el cristianismo había enseñado en cuanto a la
condición humana. Siguiendo en esa línea, Lewis parte de la falacia de la
bondad innata de ciertas culturas, las más primitivas, y de la perversidad
de la más desarrollada de todas, la occidental. El cuadro que describe
Lewis en su libro es de unas tribus y unas etnias "incontaminadas",
viviendo en una especie de paraíso moral, espiritual y físico, pero siendo
devastadas, desfiguradas, manipuladas y destruidas por la llegada de los
misioneros. Los panare en Venezuela o los bororo en Brasil, por poner dos
ejemplos, han vivido felizmente hasta que esos agentes, los misioneros, de
una corrupta civilización, la occidental, han entrado en contacto con
ellos, comenzando, a partir de ahí, un proceso de degradación galopante.
Esa idea romántica del "salvaje feliz", que adquirió auge en Europa,
parece que vuelve a levantar cabeza bajo la batuta de una de las vacas
sagradas de nuestra época: la ecología de tinte secular. Según ella, el
cristianismo sería culpable, en buena medida, del desastre que se cierne
sobre el planeta por su enseñanza sobre el dominio y el señorío del hombre
sobre la tierra. En cambio, otras cosmovisiones del mundo, como la
animista, contemplan al hombre perfectamente integrado en un sistema
natural y siendo una parte más del mismo.
Un cuento de hadas
Para ilustrar todo ello, el autor echa mano de las primeras misiones
protestantes en el Pacífico, allá a finales del siglo XVIII, cuando los
primeros misioneros británicos, llenos de celo por la difusión del
evangelio, y no siempre bien preparados para lo que se iban a encontrar,
partieron hacia Oceanía. Según él, los nativos de aquellas islas de los
mares del Sur vivían en armonía entre ellos mismos y con la naturaleza;
armonía que quedó rota para siempre por la llegada de aquellos intrusos
que trajeron costumbres, creencias y valores que se convirtieron en una
amenaza para la supervivencia de esos pueblos. La lástima es que la
realidad no da la razón a Lewis; pues si bien es verdad que entre esos
pueblos se practicaba la hospitalidad y se compartían los bienes, también
se daban costumbres tan crueles como la del canibalismo, que era
considerada un acto religioso y una marca de estatus dentro de esa
sociedad: ¡cuantos más seres humanos comieras, más categoría tenías!.
Igualmente eran frecuentes las guerras entre las distintas tribus, el
infanticidio y la infidelidad conyugal. Pero de esas cosas, Lewis no nos
dice nada.
Wycliffe y SIL: ¿Ayudadores o
manipuladores?
Habiendo sentado ese precedente del siglo XVIII en Oceanía: cuadro idílico
sobre la bondad innata de aquellas culturas y acción perniciosa de los
misioneros, Lewis pasa a dirigir su ataque contra dos organizaciones
misioneras protestantes actuales: Wycliffe Traductores de la Biblia y
Nuevas Tribus; la primera dedicada a traducir la Biblia a las lenguas que
todavía no la tienen, la segunda a establecer iglesias allí donde aún no
hay ninguna.
¿Por qué concretamente contra éstas y no contra otras? Porque ambas se
distinguen por una característica que obviamente Lewis aborrece: su
insistencia en llegar a los lugares donde nadie antes ha llegado
(especialmente las culturas aisladas) con la Palabra de Dios. Es decir,
ambas se atreven a ir a esos santuarios de inocencia que, según Lewis, son
las tribus aborígenes de América, Africa y Asia.
De nada vale el trabajo humanitario que los misioneros puedan desarrollar:
sanitario, educativo, social, etc., todo es una farsa bien montada, con el
único fin de implantar la ideología sectaria que hay detrás de esas dos
organizaciones. Y si alguna de ellas, como el Summer Institute of
Linguistics (SIL), que es la rama académica de Wycliffe Traductores de la
Biblia (WTB), cuenta con las bendiciones de muchos gobiernos, es porque se
trata de gobiernos dictatoriales, con los que la Casa Blanca siempre ha
tenido buenas relaciones. Si a Norman Lewis no le cegaran sus prejuicios,
podría investigar y darse cuenta de que el primer país que invitó
formalmente a Wycliffe a establecerse en su territorio fue México en los
años 30, bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas. Si México hubiera tenido
entonces un régimen dictatorial derechista, no hubiera sido la tierra de
asilo en la que muchos republicanos españoles, que huían de la dictadura
de Franco, hallaron refugio. Y la razón por la que Wycliffe fue invitado a
trabajar allí fue porque el gobierno mejicano entendía que era la
organización idónea para ayudar en la preservación de las muchas culturas
y lenguas autóctonas de ese país, que de otra manera estaban en peligro de
desaparición.
Tampoco se salvan de la quema, para Lewis, las traducciones de la Biblia o
del Nuevo Testamento hechas por estos misioneros, pues están viciadas con
el fin de someter a los indios y poder manipularlos. ¿Un ejemplo?: Romanos
13:1, donde se alienta a las personas a someterse a los gobiernos. Ahora
bien, si las autoridades de turno son indignas o despóticas, Lewis ve en
ello una señal inequívoca de complicidad del misionero traductor con el
sistema político imperante. Por esa lógica sería posible acusar al apóstol
Pablo de connivencia con los crímenes de Nerón, o a Jesús con los del
emperador Tiberio, pues ambos enseñaron el sometimiento a la autoridad.
Cultura autóctona - Cultura foránea
En su libro Lewis nos introduce en algunas de sus visitas a los chamanes y
brujos locales, por los cuales él siente una simpatía que raya en la
veneración. Sus sesiones de curación o de adivinación, que nos relata con
todo detalle, representan para Lewis los verdaderos valores a ser
conservados: autóctonos, auténticos y beneficiosos, no como los que traen
los misioneros, que son importados, artificiales y dañinos. Una y otra
vez, fustiga a ambas misiones por destruir las culturas aborígenes e
importar la cultura de la Coca-Cola y el plástico.
Pero, precisamente, la actividad del SIL va dirigida a poner por escrito
lenguas que no tienen sistema de escritura para que, de esa manera, puedan
preservar su identidad y sus tradiciones orales. Una de las cosas que dan
autoafirmación a los pueblos y tribus es saber que su lengua es tan digna
como cualquier otra, porque puede ponerse por escrito. Para muchos de esos
pueblos la elaboración de un alfabeto, la confección de una gramática y un
diccionario, y la traducción de la Biblia, son hitos que marcan época y
que los sacan del oscurantismo a un nivel de conocimiento nunca alcanzado
antes. Poder leer ha supuesto para ellos la adquisición de una herramienta
con la que poder defenderse de abusos y engaños. Pero es inútil; todo esto
no cuenta para Lewis.
¿Se pierden los que mueren sin
Cristo?
Lewis también ataca a los misioneros por su creencia de que esas personas,
si mueren sin Cristo, se perderán eternamente. En una era de universalismo
en la que confesar tal cosa es sinónimo de estrechez, resulta fácil hacer
objeto de burla al que sostiene tal principio y tildarle de integrista,
fanático, y cosas por el estilo. Pero ese principio no solamente lo
sostienen Wycliffe y Nuevas Tribus: es lo que ha movido a los misioneros
de todos los tiempos a dejar sus comodidades para buscar a los que no han
oído el evangelio. Si la gente que muere sin Cristo no se pierde, ¿qué
sentido tiene, no ya la existencia de las misiones, sino de la misma
Iglesia? ¿qué sentido tiene la muerte de Cristo?. Dejemos las cosas como
están, que el cielo ya se llenará por sí solo. La iglesia que Lewis
quisiera ver es una iglesia reducida al nivel de una ONG de desarrollo. Lo
demás sobra. Pero para los que creemos en las palabras del que dijo: "No
sólo de pan vivirá el hombre", esa idea se queda corta.
Creo que la animadversión que Lewis siente hacia las misiones
protestantes, y particularmente hacia Wycliffe y Nuevas Tribus, se debe a
una especie de celos o envidia, al comprobar que estos fundamentalistas e
integristas, como él los llama, son capaces de ir adonde nadie más ha
llegado, y de ir antes que los demás, incluidos antropólogos y ecologistas
seculares, como Lewis mismo parece ser. Es decir, que sin quererlo está
confesando el valor y el denuedo que estos misioneros tienen.
Haciendo autocrítica
De todas formas, la crítica que Lewis plantea ha de hacernos reflexionar
en un punto: ¿cuánto de mi propia cultura, inconscientemente, estoy
transmitiendo creyendo que es parte esencial del evangelio? ¿qué es lo que
hay de perverso y de bueno en una determinada cultura? ¿qué cosas son
asimilables, cuáles neutras y cuáles repudiables? Dado que no vivimos en
la estratosfera, sino en un tiempo y lugar determinados, con una herencia,
trasfondo y educación que nos condicionan, hemos de ser muy cuidadosos
para distinguir entre lo que pertenece a la esencia del evangelio y lo que
son cuestiones relativas. Sobre todo los misioneros han de ser muy
sensibles a estos asuntos. En el Pacto de Lausana hay un párrafo dedicado
íntegramente a esta materia y que hemos de tener permanentemente en
cuenta:
"La cultura siempre debe ser probada y juzgada por las Escrituras. Puesto
que el hombre es una criatura de Dios, algunos de los elementos de su
cultura son ricos en belleza y bondad. Pero debido a la caída, toda su
cultura está mancillada por el pecado y algunos de sus aspectos son
demoníacos. El evangelio no presupone la superioridad de una cultura sobre
otras, sino que evalúa a todas las culturas según sus propios criterios de
verdad y justicia, e insiste en principios morales absolutos en cada
cultura. Las misiones, con mucha frecuencia, ha exportado una cultura
extraña junto con el Evangelio, y las iglesias han estado más esclavizadas
a la cultura que sometidas a las Escrituras. Los evangelistas de Cristo
deben tratar, humildemente, de vaciarse de todo, excepto de su
autenticidad personal, a fin de ser siervos de los demás, y las iglesias
deben tratar de transformar y enriquecer su cultura, y todo para la gloria
de Dios."
(Mar. 7:8,9,13; Gén. 4:21,22; 1 Cor. 9:19-23; Fil. 2:5-7; 2 Cor. 4:5)
La relación entre evangelización y cultura, es un asunto de vital
importancia al que todas las organizaciones misioneras están dedicando más
y más atención, aprendiendo de los errores cometidos en el pasado. Para
terminar, quisiera aprovechar la oportunidad de dejar aquí las direcciones
en Internet de WTB, SIL y Nuevas Tribus, por si alguien está interesado en
conocer estas organizaciones un poco mejor.
Wycliffe Traductores de la Biblia:
www.wbt.org
Nuevas Tribus:
www.ntm.org
SIL: www.sil.org