‘De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal
fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles; tanto que alguno tiene la
mujer de su padre.’ (1 Corintios 5:1)
Una ciudad bien distinta a Atenas era Corinto, aunque la distancia entre ambas
es de solamente 80 kilómetros. Mientras que la primera era la ciudad de la
cultura, la segunda era la ciudad del comercio y del vicio. Enclavada en un
lugar estratégico, al estar situada en el estrecho istmo de 6 kilómetros de
ancho que une la Grecia continental y la península del Peloponeso, gozaba de una
situación ventajosa porque era cruce de caminos terrestres y marítimos. En
efecto, el tráfico de mercancías y el movimiento de viajeros la convertían en
nudo de comunicaciones norte-sur y este-oeste. Cualquiera que mire, aunque sea
de forma superficial un mapa de Grecia, inmediatamente se da cuenta de la
ubicación privilegiada de esa ciudad. De hecho, muchos barcos preferían evitar
rodear la península del Peloponeso, para lo cual atracaban en Corinto,
desembarcaban la mercancía que era transportada al otro lado del istmo y allí
era vuelta a embarcar en otra nave, ahorrándose así una peligrosa travesía
alrededor del cabo Maléa, al sur. Por lo tanto, el mar Jónico a la izquierda y
el mar Egeo a la derecha estaban más cerca, gracias a la ventaja que otorgaba la
posición de Corinto. Todo este trasiego de personas y mercancías dejaba,
naturalmente, sus pingües ganancias en la ciudad, a tal punto que se convirtió
en la capital administrativa de la provincia romana de Acaya, relegando incluso
a Atenas a un puesto de segunda categoría en la región.
Ahora bien, un puerto de mar de la importancia de Corinto, donde el dinero, el
comercio y el lujo eran la savia vital que daba vida a la ciudad, fácilmente se
convertía también en un centro donde el entretenimiento, la disipación y el
vicio tendían sus redes para captar a tantos viajeros, comerciantes y marineros
que por allí pasaban. Los que vivimos en nuestras modernas sociedades, sabemos
bien que el consumo consiste en que mientras unos trabajan para ganar dinero,
otros trabajan para idear maneras en que aquellos se lo gasten. Una de esas
maneras ideada hoy y ayer para que nos lo gastemos, tiene que ver con el placer
y el deleite en alguna de sus muchas formas. Tristemente no siempre esas formas
son ordenadas y lícitas, ya que en la naturaleza humana hay una propensión a
degradar lo bueno en perverso. Pues bien, eso pasaba en Corinto.
Era proverbial la pésima fama que la ciudad había adquirido en el mundo antiguo.
Un mundo no precisamente inclinado a promover valores como el pudor o la
castidad, pero que ante el vicio desmedido de Corinto, que sobrepasaba todo lo
imaginable, acuñó una expresión peculiar, corintizar, para describir su modo de
vida. El comentarista William Barclay nos deja al respecto unas pinceladas por
las que podemos deducir algo del ambiente moral de la ciudad:
‘Por encima del istmo se elevaba la colina de la Acrópolis en la que estaba el
gran templo de Afrodita, la Venus griega, la diosa del amor. Había adscritas a
ese templo mil sacerdotisas, que eran en realidad una especie de prostitutas
sagradas, que bajaban de la Acrópolis todas las tardes para cumplir su
‘ministerio’ por las calles de Corinto… Además de esos vicios públicos,
florecían otros mucho más recónditos que habían llegado con los viajeros y los
marinos desde tierras remotas, de tal manera que Corinto llegó a ser sinónimo,
no sólo de riqueza y de lujo, sino también de borrachera, libertinaje y
degradación.’
A esa ciudad es adonde Pablo llegó, tras pasar por Atenas, en su segundo viaje
misionero. Era salir del reino del intelecto para entrar en el dominio de la
inmoralidad, si bien ambas esferas tenían un denominador común: estar fuera del
señorío de Cristo. La estancia y predicación de Pablo en Corinto tuvo fruto,
surgiendo como resultado una asamblea cristiana. Seguramente se trata de la
iglesia mejor conocida del Nuevo Testamento, dados los numerosos datos sobre su
vida interna que tenemos recogidos en las dos cartas que el apóstol les
escribió.
Del estudio de la primera carta resultan algunas lecciones importantes que van
en la línea de lo que venimos diciendo:
La palabra fornicación o sus derivados aparece 13 veces, siendo el documento
del Nuevo Testamento en el que más ocasiones está, solamente superado por
Apocalipsis donde se encuentra 17 veces.
En la lista de pecados mencionada en 6:9-10, Pablo coloca en primer lugar a
la fornicación, unida a la idolatría, que en aquel ambiente tenía claras
connotaciones sexuales, seguida por el adulterio, el afeminamiento y la
homosexualidad.
El entorno nos condiciona hasta tal punto que la permisividad circundante nos
impone, casi sin darnos cuenta, sus propios valores. Por eso nadie en la iglesia
se había inmutado ante el flagrante caso de incesto que en su seno se estaba
dando. En otras palabras, el ambiente corrupto de la ciudad ejercía su
influencia sobre los mismos cristianos.
Lejos de acomodar el mensaje cristiano y sus repercusiones morales a la
degradada moral de Corinto, el apóstol señala la santidad del cuerpo humano y
especialmente el del cristiano, por cuatro razones supremas:
a. Una razón de trascendencia: ‘y Dios que levantó al Señor, también a nosotros nos levantará con su poder’[3] El valor del cuerpo sobrepasa el ámbito de esta vida, porque será objeto de resurrección.
b. Una razón de pertenencia: ‘vuestros cuerpos son miembros de Cristo’[4] Nuestro cuerpo, y no solo nuestra alma, es parte del Cuerpo del cual Cristo es Cabeza.
c. Una razón de cohabitación: ‘vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo’[5] Nuestro cuerpo es morada de Dios.
d. Una razón de adquisición: ‘habéis sido comprados por precio’[6] Nuestro cuerpo, y no solo nuestra alma, ha sido objeto de redención.
Que el apóstol tuviera que enseñar estas verdades elementales a aquellos
cristianos, es un síntoma evidente de cuán errados andaban a causa de la
influencia del mundo en sus vidas. Los que hoy afirman, de manera mordaz, que no
debemos preocuparnos tanto por los desórdenes que están por debajo de la
cintura, deberían leer esta carta, porque al afirmar eso están implícitamente
confesando hasta qué punto el mundo manda en sus pensamientos.
La ciudad de Corinto no era muy diferente de nuestras modernas ciudades, donde
el poder de la inmoralidad sexual tiene cautivos a muchos. Por eso, como hizo
Pablo, hemos de ir con el evangelio a aquellos que están atrapados en tales
desviaciones.
[1] Comentario al Nuevo Testamento, 1ª y 2ª Corintios, William Barclay, CLIE.
[2] 1ª Corintios 5:1
[3] 1ª Corintios 6:14
[4] 1ª Corintios 6:15
[5] 1ª Corintios 6:19
[6] 1ª Corintios 6:20