Ellos hicieron su parte, por José Herrero

Hace un tiempo, en una excursión en la que visitamos algunas instituciones del Madrid protestante, me recordaba el historiador Gabino Fernández, que Marcelino Menéndez Pelayo en su Historia de los Heterodoxos Españoles apunta el hecho de que el primer “asentamiento misionero protestante” en España fue una escuela ubicada en Cádiz. Este carácter escolar del protestantismo significativamente comenzaría a convertirse en norma entre los muchos misioneros que llegaron a España en el marco de lo que se ha venido en llamar la Segunda Reforma. En la España del XIX y buena parte del XX la realidad cultural del país obligaba a anteponer la alfabetización de niños y adultos con anterioridad al establecimiento de lugares de culto.  

Sin menoscabar el recurso estratégico de la alfabetización como herramienta para la evangelización, parecía lógico que aquellos conversos incipientes desearan conocer más de Dios, desearan beber la leche espiritual no adulterada que destila la Palabra de Dios, así que, más por necesidad que por estrategia (palabra que me parece tener en este caso signos de oscura perversidad), en un principio, la labor de los misioneros con el pueblo español fue alfabetizarles en su propia lengua, brindándoles la oportunidad de acceder no sólo al Libro en el que Dios habla directamente: La Biblia, sino también les abrió el camino a la lectura de la prensa, a las bibliotecas, a la educación primaria y superior, a un mundo del que estaban desintegrados y alejados por la barrera lingüística al no saber leer ni escribir su propia lengua.

Este germen que se desarrolló y llegó a constituir iglesias a lo largo de la Península, tuvo un antecedente entrañable en nuestro Jorge Borrow. Comisionado por la Sociedad Bíblica Extranjera, recorrió en sendos viajes la piel de toro vendiendo Biblias por ferias y mercados, percatándose del deseo de la población letrada de tener libros que leer, a la vez que comprobaba como la mayoría de la población española era iletrada y por esta razón, separada por una barrera lingüística del mensaje de la Palabra de Dios que Borrow traía a España. 

Fue el mismo Borrow, por su carácter aventurero, a la par que presuponiendo acertadamente –dado que su biografía está repleta de viajes misioneros más allá de las líneas de lo que se consideraba en la beauty society como mundo civilizado- por su visión de llegar a los pueblos inalcanzados con la Palabra de Dios, que durante su estancia en Rusia y España se allega al pueblo gitano para conocer su lengua, sus costumbres, en definitiva su cultura, dando lugar como fruto de tal encuentro a la traducción en su lengua materna, el caló, de la historia de Jesús de Nazaret tal y como la escribió el evangelista Lucas.  

A través del perfil histórico de D. Jorgito el inglés, y sobre todo, de las particularidades de su personalidad que podemos inferir de La Biblia en España, creo que hago justicia al opinar que Don Jorgito no traducía libros por el hecho de traducirlos o vendía Biblias como simple mercancía de la que obtenía una comisión -no conoce la Historia Española ningún colportor de Biblias que realizara su labor sin una visión misionera y un llamado de Dios a un servicio difícil y arriesgado como fue este-; pensar esto sería deshonrar su trabajo, su servicio y su llamado a compartir La Palabra.  Más bien, presupongo que la labor de Borrow tenía mucho que ver con el uso de las Escrituras, con que los poseedores de las Escrituras en su lengua pudieran usarla, leerla, estudiarla, crecer espiritualmente a la par que alimentarse de lo que Dios quiere enseñar a través de su Palabra al hombre. 

Por esta razón, presupongo que el mismo Borrow que se introdujo perfectamente transculturizado entre los gitanos, el Borrow que aprendió el caló y tradujo el libro de Lucas, el Borrow ensalzado por su traductor español -D. Manuel Azaña- como políglota y magnífico lingüista, de este Borrow se me hace difícil imaginar su desinterés en que la comunidad de gitanos con la que él pasó tiempo aprendiendo su lengua quedara apartada del libro de Lucas en caló o de los Nuevos Testamentos que trajo a España por no saber leer ni escribir ni su lengua vernácula, ni su segunda lengua: el español.   

De todos es conocido que no hay datos objetivos de un curso de alfabetización entre los gitanos con los que estuvo Borrow. Tal vez, algún día en el cielo conozcamos a los que fueron alcanzados por el ministerio de Borrow hace ya dos siglos; lo que si es un dato objetivo para todos es que él, como tantos otros misioneros a lo largo de la historia evangélica española, ha y han hecho su parte en la Gran Comisión.